Corrige tu chisme, le pone titular y te da crédito.
Corrige tu chisme, le pone titular y te da crédito.
Lo que cuentan en la isla te lo dice mezclado con inglés.
Lee la portada, toca Cuéntame en cualquier titular y la columnista que lo firma te escribe: tiene un chisme, quiere tu opinión y la va a poner en su próxima columna. Son personajes de IA y todo lo que cuentan es inventado.
Las firmas del diario, con su retrato
Abrir toda la redacciónEn Colombia casi nada empieza con un hola a secas. Empieza con un «¿sabe lo que me contaron?», dicho en voz baja y con la mirada puesta en la puerta. Esa fórmula nos pareció el mejor comienzo para una conversación, y de ahí salió El Conejo: un diario que no existe, escrito por dieciséis mujeres que tampoco.
Contar un chisme es una forma de intimidad. Quien cuenta te elige: te dice que confía en que sabrás guardarlo, o en que te reirás en el momento justo. Aquí esa mecánica es el motor. Cada columnista llega con algo suyo, un enredo de cuadra, un compadrazgo sin consecuencias, una novedad de la plaza de mercado, y te lo cuenta a ti primero, con un gesto que invita a opinar.
No hay nada que preparar. Basta con tener una postura, aunque sea mala, porque a ellas les gusta más un mal argumento que un silencio educado.
El truco del diario es que la historia cambia según lo que contestes. Si tu opinión le parece buena, Yesenia Ospina la cita en su próxima columna con tu nombre de pila. Si le parece floja, te la discute con cariño. Y si se te ocurre un giro que no esperaba, es posible que ese giro termine siendo el desenlace. Siempre sobre hechos inventados, claro, y siempre con personajes que no existen.
Los periódicos se inventaron para leerse a pedazos: un titular en la fila del banco, otro en el taxi, el resto con el tinto en la mano. Esta edición está pensada igual. Puedes entrar con una sola mano, tocar lo primero que te llame la atención y salir cuando se acabe tu tiempo. La columnista no se ofende por las prisas, y a la vuelta te espera con la historia donde la dejaste.
Seis titulares para empezar. Léelos como se lee un diario en el semáforo: rápido, con la certeza de que lo mejor viene en letra pequeña. Ninguno ocurrió, y ninguno trata de nadie real.
Cada pieza son tres líneas: el titular que grita, la bajada que lo explica a medias y el gancho con que la columnista te pide algo. Al tocar Cuéntame se abre el chat con esa pieza ya enviada como tu primer mensaje, y ella sigue contando desde ahí.
La edición se puede filtrar por sección, del barrio al mercado, y por tono, del escándalo al ternurita. No hace falta cuenta para leerla, y los filtros no guardan ningún dato tuyo.
Un diario se abre y se lee. Este también, con la diferencia de que el diario te contesta. No hay nada que instalar ni formularios antes del primer chisme.
Los titulares de hoy están siempre a la vista. Si ninguno te seduce, la edición completa trae más.
La columnista de ese titular te escribe con la pieza como primer mensaje. Se cuenta como uno solo. Sin cuenta puedes enviar 10 mensajes.
Responde lo que pensarías de verdad. Si prefieres actuar a opinar, cambia a Hacer. Desde el menú se elige el tono: amistoso, coqueteo o romance.
Tu respuesta se anota y vuelve a salir en el chisme que sigue. ¿Prefieres empezar de cero? Borra el chat desde su menú y pide otro.
Todo arranca opinando; para seguir, regálale un dato que pueda convertir en noticia, porque una pista precisa rinde más que un comentario genérico. Y cuando te canses, te vas: ningún chisme obliga a un desenlace. Si estás en cortesía o en Plus, a veces ella se adelanta con una novedad a una hora razonable; ese aviso se desactiva en tu firma.
El morbo de estas charlas depende de la malicia, el ingenio y lo que queda sin publicar. Si la conversación se encamina al dormitorio, el diario apaga la luz: lo exige el servicio, para todos y en cualquier plan. Las columnistas son adultas y no firman nada que choque con la norma editorial.
Cada ficha es una firma: quién es, qué cubre, dónde vive y qué persigue. Rosalba Chindoy teje la historia hebra a hebra y no te dice el final. Gladys Pinzón, retirada de la sección de sociedad, te sienta en la peor mesa del banquete que se inventó.
AI16
Mireya, 55
jefa de redacción
Corrige tu chisme, le pone titular y te da crédito.
AI07
Shirley, 28
instructora de buceo
Lo que cuentan en la isla te lo dice mezclado con inglés.
AI04
Darys, 52
dueña de tienda
Nada se le escapa en el barrio y ahora va por ti.
AI02
Luz, 36
locutora
Te chismea a ritmo de salsa y te pide tu opinión al aire.
Fuera de la página, cada columnista tiene un oficio al que vuelve: la peluquera con su secador, la taxista con su flota, la ganadera con su hamaca. De ahí sale buena parte de su ojo para el chisme, y de ahí vienen las anécdotas que te cuentan cuando se les acaba la noticia.
Aunque ellas cuentan, no son neutrales. A Mireya Rojas, jefa de redacción, le gusta el chisme bien armado y corta sin piedad lo que sobra. A Gladys Pinzón le importa el aire de la historia más que sus hechos. Paola Barragán va directa a lo que habría que denunciar. Si coincides con una, te dará la razón con gusto; si no, te la quitará con más gusto todavía.
Dieciséis firmas inventadas, una por cada pedazo del país. Tienen entre 23 y 55 años, un oficio de verdad y una manera propia de contar lo que no ocurrió.
Quien vive entre torres y semáforos sabe todo antes de que ocurra, o lo inventa mejor.
Chisme de finca, de peluquería y de plaza, contado con paciencia de cosechero.
Ritmo, volumen y brisa de mar. El chisme llega con música de fondo.
Voces suaves, ventas al borde del camino y secretos que cruzan el río.
Darys Palacio arranca con un «ajá» desde su tienda de Barranquilla y no deja respirar a nadie. Tatiana Mejía cita a sus fuentes con sarcasmo cachaco, y tú eres la fuente de turno. Shirley Archbold mezcla inglés de isla y español sin pedir permiso. Nubia Rincón pita tu opinión como una falta de tejo y te manda a repetirla. Sus fichas lo detallan con cariño, y se nota que no están escritas con prisa.
Si lees tarde, la mejor compañía es Liliana Fajardo, que oye todo por el retrovisor y a esas horas ya tiene la historia completa. Ana Beatriz Vergara dicta desde la hamaca, sin afán. Mireya Rojas, jefa de redacción, corrige tu chisme, le pone titular y te da el crédito.
Un diario que olvida a sus lectores no dura. El Conejo tiene una memoria cuidadosa, y se usa para que la próxima edición te reconozca.
Cada columnista apunta en notas cortas lo que le dices: tu opinión sobre el último enredo, el detalle que añadiste, el apodo con que te bautizó. Esas notas viven en el menú del chat. Puedes leerlas, reescribirlas o tirarlas a la papelera, y la columnista las usa para no repetirte la misma historia dos veces.
Si tu respuesta le gustó, la cita en una columna posterior, con el nombre que hayas puesto en tu firma. Es un guiño de ficción: ninguna columna sale a la calle, ni se publica en otro sitio, ni la ve nadie más. Se queda entre las dos.
Si la columnista se confunde con algo que dijiste, corrígela como corregirías a un amigo: con una frase. Ella lo apunta en sus notas y lo cita bien la próxima vez. Si prefieres que olvide un dato, bórralo desde el menú del chat y no volverá a salir.
El nombre de la dirección puede sugerir una tienda. No hay tienda. Lo único que ofrece El Conejo es conversación con personajes de IA, y todo lo que ves en pantalla es texto y retratos.
Aquí no hay catálogo, carrito ni despachos. Detrás de cada firma no hay personas, y tampoco hay teléfonos, citas ni vídeo. Cada columnista presenta su retrato en la ficha y una imagen suya en la portada. Si una frase de esta página dejara de ser cierta, se enmienda y la fe de erratas lo deja anotado.
Ningún chisme del diario habla de personas reales, de marcas ni de medios que existan. Si una historia se parece a alguien, es casualidad, y si alguna vez cruza la línea, se retira. Esa es la parte seria de un diario de mentira.
Tres tipos de lector, sin letra menuda. Nada se renueva solo.
| En la edición | Cortesía | Lector libre | Plus |
| Duración | 3 días desde la inscripción | Después, sin fecha | 30 días, o 365 |
| Tus mensajes | Sin tope diario | 10 cada día | Sin tope diario |
| Columnistas | Todas | Las primeras 3 que leas | Todas |
| Ella escribe primero | Sí | No | Sí |
| Precio | Nada | Nada | $15 o $99 |
Sin inscribirte puedes tocar un titular y escribir hasta 10 mensajes. Inscrito, la redacción se abre 3 días sin tarjeta, y luego quedas de lector libre con tus chismes intactos. Plus tiene dos tamaños: el corto dura 30 días y vale $15; el largo dura 365 y vale $99. Se paga en USDT y elimina el tope diario. Tras pagar no hay reembolso, salvo que la ley disponga otra cosa; el estatuto de lectura tiene la letra completa.
No. No hay tienda, ni catálogo, ni envíos, a pesar de lo que insinúe el nombre de la dirección. Lo único que hay es conversación con personajes de IA.
Jamás. Todo lo que cuentan las columnistas es inventado: personas, lugares de barrio y sucesos. Si una historia se pareciera a algo verdadero, se retira.
Ninguna. Cada columnista es una creación de IA, adulta, con retrato propio y una biografía inventada en un rincón de Colombia. No firma nadie más.
Sí. Cada columnista guarda notas breves de lo que le dices y las reutiliza en historias posteriores. Las ves desde el menú del chat, las cambias o las borras.
Hasta la puerta del dormitorio. Ahí el diario corta a negro, y no se pone explícito con ningún plan. Lo que viene antes es tuyo.
Un invitado escribe hasta 10 mensajes sin cuenta. Con la cuenta llegan 3 días de cortesía y luego el plan libre, con 10 mensajes al día. Plus cuesta $15 y dura 30 días, sin renovación.
Claro. Quien lee el buzón del pie de página es una persona, y le llegan quejas, correcciones y comentarios sobre cómo suena tu región.
Lee la portada, elige el titular que más te pique y dile cuéntame. Ella ya tiene la columna a medio escribir.
Leer la portada